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¿Sabías que puedes sanar tus hábitos alimentarios a través de tu memoria?

Nuestros hábitos se van formando día a día, con cada experiencia y vivencia. Para sanar nuestros hábitos alimentarios, debemos primero comprender cómo se fueron formando.

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hábitos alimentarios

ÍNDICE

El origen de tus hábitos alimentarios

¿Alguna vez intentaste cambiar tus hábitos alimentarios y comer más saludable, pero lo abandonaste porque lo sentiste imposible? ¿Lo has intentado muchas veces, y siempre es una tarea que se frustra?

Bueno, déjame contarte que esto me ha pasado muchísimas veces, y lo sentía como una carga. Pero, cuando comencé a preguntarme cómo se formó mi gusto y mis maneras de alimentarme, pude comenzar a transformar estas estructuras. Hoy quiero compartir esta valiosa información contigo, porque sé que puede servirte mucho para que puedas vivir mejor de una manera más simple.

Primero, déjame preguntarte: ¿conoces cuáles son tus comidas favoritas? Espero que sí, y si no, tómate unos minutos para pensar en ello… ¿Listo? Bueno, ahora te pregunto… ¿Sabes por qué te gustan esas comidas?

Si comienzas a indagar en este tema, encontrarás muchas veces que tiene que ver con alimentos o preparaciones que se relaciona con tu infancia o tus experiencias pasadas. ¿Te sucede? Bueno, aquí te cuento por qué.

¿Cuándo se forman los hábitos alimentarios?

Una antigua frase asegura que “somos lo que comemos”. Y es que, todo (TODO) lo que consumimos nos va formando, tanto en el plano físico como en el psicoemocional.

Desde la primera vez que tomamos el pecho de nuestra madre (o el biberón, en algunos casos), cada experiencia va conformando lo que luego llamaremos hábito. Y si lo pensamos, hábito viene de la palabra habitar, es el lugar donde vivimos, donde podemos sentirnos segurxs y que forma parte de nuestro espacio conocido, o nuestra “zona de confort” (aunque no sea muy confortable, muchas veces).

Durante los primeros meses de la vida, si al bebé le dejamos llorar mucho tiempo antes de alimentarlo, o por el contrario, si cada vez que emite sonido lo alimentamos, en ambos casos se formarán diferentes vínculos con la comida; donde probablemente en el primer caso la persona sienta que después de cada sufrimiento deviene la comida y, en el segundo, que comer debe ser una acción que debe hacerse todo el tiempo ante cualquier estímulo, por ejemplo.

Esto nos muestra que, desde el primer instante, cada experiencia que tengamos con la comida nos irá programando una forma específica de vincularnos con ella.

Pero, ahora bien. Cuando iniciamos la alimentación “complementaria” (es decir, cuando empezamos a comer otros alimentos), la situación se complejiza aún más. Cada prueba de cada alimento, junto con cada experiencia, va reforzando esos patrones alimentarios.

Veamos algunos ejemplos:

●   Si nos obligaban a comer algo que no nos gustaba con la promesa que, después podíamos salir a jugar, o comer un chocolate, o mirar la tv, o cualquier otra recompensa; iremos conformando hábitos de premios y recompensas con la comida (“si hoy no como, mañana en la fiesta puedo comer de todo”, “si me cuido mucho en la semana, el fin de semana me puedo relajar”, “si tomo este té que no me gusta, después puedo recompensarme con un helado”, “si me quedo doble turno en el gym, hoy salgo a comer”, etc etc).

●   Si a cada momento nos daban algo de comer, o nos colocaban el chupete ante cada sollozo, vamos a creer que la forma de somatizar toda emoción es  a través de la boca. Muchos estudios muestran vínculos entre estos hechos del pasado y la angustia oral, que pueden devenir en ingestas muy copiosas, picoteo, atracones o, incluso, tabaquismo o alcoholismo (más allá de la sustancia, todo pasa por la boca, para alivianar una emoción).

●   Si hemos sufrido una situación traumática con una comida (intoxicación, ahogo, indigestión, o incluso una rabieta o golpe en el momento alimentario), probablemente no toleremos ese alimento en el futuro. Sobre esto volveremos en un momento.

●   Si nos prohibían comer alguna comida o preparación porque “estábamos gordxs” o porque nos iba a engordar, creceremos con este miedo hacia las calorías, o la otra cara de la misma moneda, nuestro cuerpo, en acto de rebeldía, buscará comer de forma desmedida esos mismos alimentos que se nos prohibieron.

Seguro comienzas a encontrar algunos patrones que vienen desde tu infancia, ¿no?… Bueno, continuemos viendo qué pasa en nuestras mentes

¿Cómo se formó tu gusto?

Estas experiencias que venimos conversando, los momentos de la comida, los recuerdos a personas que queremos (o no queremos), las emociones y la cultura, van conformando no sólo nuestros hábitos, sino también el mundo simbólico del “gusto”.

Lo que vamos viviendo y el entorno en el que crecemos nos irán moldeando el hábito, pero también esa división de “rico” o “feo”.

Y es que, ante todo, siempre buscaremos comer eso que nos gusta y nos conecte con el placer, pero tengamos en cuenta que esas sensaciones no son espontáneas ni al azar. Así, en algunos pueblos se come carne de vaca, donde en otros es un animal sagrado; algunos consumen perros, gatos, insectos o ratas; otros consumen comida rápida y una gran cantidad de productos ultraprocesados; otros se alimentan únicamente de aquello que los nutran en su plano espiritual, etc etc.

Y esto no es una crítica… Un punto esencial de la alimentación para la salud es que nos guste. Pero estas experiencias, la cultura y, con un gran peso, la publicidad, van moldeando ese gusto, al punto donde muchas veces perdemos la noción de cuáles son los sabores, texturas, combinaciones, humedad y momentos para comer cada alimento, que realmente nos conecte con el placer. Comenzar a decodificar nuestro propio gusto y nuestras emociones alrededor de ellas, nos ayudará a poder transformar aquellos hábitos que, valga la redundancia, no queramos seguir habitando.

La memoria de las emociones y tus hábitos alimentarios

Ya hablamos que la conformación de nuestros gustos y nuestro vínculo con la comida es indivisible de las emociones.

Todas estas experiencias, a nivel cerebral, van activando una serie de “neuronas del recuerdo”, que guardarán toda la información en 3 áreas del cerebro: la amígdala, el hipocampo y la corteza prefrontal. Entre ellas, se fortalecerán las conexiones de estas neuronas, justamente para clasificar cuáles recuerdos evocaremos y cuáles se mantendrán ocultos para protegernos del sufrimiento.

Veamos 2 situaciones similares, con resultados muy diferentes:

●   Si la experiencia relacionada a una comida nos conectó con el bienestar, el placer, el goce, la alegría o el amor, nuestra mente colocará ese recuerdo en un sector de nuestra memoria emocional que siempre podremos evocar para recordar un momento o ser querido, o que nos permita salir del sufrimiento (por ejemplo, un aroma o especia que nos recuerde a nuestros abuelos, lo que cocinaba mi madre para mi cumpleaños, la cena de mi primera cita, la sopa que hacía mi padre cada vez que me enfermaba… etc). Y, es más, si estos momentos nos conectan más con la tristeza o la nostalgia que con el placer, podemos trabajar para que vuelva a ser un goce y que nos conecte con el placer.

●    Por el contrario, si la experiencia ha sido negativa, nos conectó con el dolor, el sufrimiento, el enojo, el miedo o la tristeza, ese recuerdo puede tomar 2 caminos: La primera es ser traducida en una aversión a cierto alimento o momento alimentario (no me gustan los guisantes porque una vez me ahogué con uno, no me gusta cenar porque mis padres siempre discutían en la mesa, no me gusta el olor a café porque me recuerda a los funerales…). La segunda, por el contrario es bloquear el recuerdo o dejarlo latente (no se por qué, pero siempre que huelo el boldo me da asco, el ajo me da arcadas y no sé por qué…) En este caso, la emoción que desencadenó esa experiencia podría ser muy traumática, y la mete decide dejarla guardada por un tiempo, hasta que podamos procesar esa información.

En ambos casos, desde la aversión o la “amnesia” de la comida, pueden sanarse trabajando desde las emociones en conjunto con las experiencias alimentarias. Todo recuerdo negativo puede convertirse en algo positivo; todo aquello que nuestra mente no se anima a mostrarnos, puede ser recibido y sanado desde nuevas experiencias.

Re-habitar

Con toda esta información quiero decirte que la clave no es enojarte, frustrarte ni mucho menos pensar que el camino hacia la salud y el bienestar debe ser tortuoso. Más allá de la emoción que acompañe cada hábito, se puede transformar desde pequeñas repeticiones y experiencias positivas y, desde esos granitos de arena, podemos re-habitarnos y generar cada vez más placer.

Voy a dejarte un ejercicio para que comiences a poner en práctica, especialmente con las comidas que más carga emocional encuentras, o aquellas  que podrían conectarte con anécdotas que no recuerdas:

● Primero, vacía tus pulmones con una espiración larga. Luego, realiza unas 3-5 respiraciones muy profundas y tranquilas.

● Toma el alimento o la preparación: fruta, chocolate, etc.

● Observa todas las características de este alimento: ¿cómo se llama?, ¿qué color/es y forma/s reconozco?, ¿cómo se siente en mi mano o en mi plato?, ¿qué aromas tiene? Cuando entra a la boca, ¿cuál es su tacto?, ¿su humedad?, ¿el sonido cuando lo mastico?, ¿cómo es su color y forma?, ¿sabor, textura, temperatura…?

● Recuerda que no se trata de contestar las preguntas cognitivamente, mediante las palabras, sino de “sentir” las respuestas, percibirlas con tu cuerpo y no con tu cognición.

● Una vez que termines de comer, hazte esta pregunta. ¿A qué/quién me recuerda esta comida? ¿Cómo me siento en este momento?

En la repetición y el registro encontrarás muchísimas respuestas.

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