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“Relaciones tóxicas”: qué hay detrás de ellas.

Se habla mucho de relaciones tóxicas y de su definición, pero lo más interesante es descubrir por qué surgen tan a menudo y lo que se esconde detrás de ellas.

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ÍNDICE

Desgranando el concepto “relación tóxica”

Últimamente se escucha mucho hablar de relaciones tóxicas o de “red flags” en las relaciones, y aunque es cierto que existen, es importante ir un poquito más allá y reflexionar sobre aquello que puede estar detrás de estas palabras. 

Al hablar de relaciones tóxicas, no solamente nos podemos referir a una relación de pareja, sino que pueden darse con otras personas como amigos o familiares.

Además, quizá es más acertado hablar de conductas o comportamientos tóxicos, ya que aunque las personas tenemos ciertos rasgos de personalidad más estables que otros, la realidad es que nuestro comportamiento no es el mismo en las diferentes relaciones que mantenemos y el hecho de etiquetar a una persona como “tóxica”, estaría dando por hecho ciertas características inamovibles que no suelen ser realistas. Es decir, no nos comportamos de la misma manera con nuestros padres, un compañero de trabajo o nuestra pareja, ni en diferentes contextos.

¿Cómo se podría definir una relación tóxica?

A la hora de definir una relación como tóxica, podríamos decir que suelen ser relaciones en las que uno o ambos miembros sufren o no pueden evitar hacerse daño sin que quizá sepan cómo cambiar la dinámica en la que se relacionan. Un concepto que muchas veces nos puede ayudar a entender la manera en la que nos relacionamos con otras personas y así poder identificar patrones determinados en nuestra conducta, es el eje horizontalidad-verticalidad de las relaciones: 

  • Relaciones verticales: relaciones en las que uno de los miembros tiene más poder sobre el otro y en las que existe un desequilibrio de roles en cuanto a la toma de decisiones, el compromiso o el cuidado. Un ejemplo de relación vertical que funciona bien es el de un padre/madre con un hijo mientras este es pequeño y no puede valerse ni tomar decisiones por sí mismo: es decir, una persona cuida y la otra recibe. Sin embargo, no sería una relación sana si mantenemos una relación vertical con un amigo o con nuestra pareja.
  • Relaciones horizontales: relaciones en las que existe un intercambio equilibrado de poder, toma de decisiones o responsabilidades. En este tipo de relaciones, el cuidado es mutuo y por tanto ambos cuidan, reciben y dan. Este tipo de relaciones son las que deberíamos potenciar en nuestras relaciones adultas, ya sean de pareja, amistad o familiares, ya que es el modo de construir una intimidad sana y que pueda prosperar en el tiempo.

La realidad es que todos podemos tener en algún momento alguna conducta dañina con los demás o llegar a relacionarnos de este modo con alguien, por lo que poder identificarlo es la clave para modificar estas conductas que tanto daño nos pueden causar, a nosotros mismos, y a los demás.

Relación entre el trauma y las relaciones tóxicas

A la hora de hablar de relaciones tóxicas, lo más relevante es tratar de identificar lo que nos lleva a vincularnos con los demás del modo en el que lo hacemos. En esto, nuestra historia de vida o de apego tiene un gran peso, pues existe una relación significativa entre haber experimentado traumas o heridas de apego en la infancia, con el tipo de relaciones que mantendremos en la vida adulta, sobre todo en los vínculos más íntimos que establecemos con los demás. Especialmente se suele identificar en las relaciones de pareja pero también puede afectar a otras relaciones.

Así, por ejemplo, si yo tengo un trauma de apego en el que no me he sentido lo suficientemente protegido, he sufrido algún tipo de maltrato o simplemente no me han enseñado a regular mis propias emociones, quizá el día de mañana tenga relaciones en las que me cueste marcar límites, en las que sienta tanto miedo a perder a otra persona que active en mí muchos celos, o lleve a cabo conductas de control para sentir que tengo más poder que el otro. En otras ocasiones, donde quizá me he sentido abandonado o he sufrido un abandono real, tendré tantas ganas de vincularme a otras personas, que seré muy complaciente o cuidador con el otro para que se quede a mi lado. O justo lo contrario, me costará un mundo comprometerme en las relaciones por miedo a sufrir.

Sin duda, los ejemplos pueden ser muchos pero la realidad es que los traumas o heridas de apego influirán de manera muy diferente en cada uno de nosotros y nuestras relaciones adultas. En muchos casos, los traumas relacionales crearán dificultades en las personas para saber vincularse de manera segura y sana, ya que quizá no han aprendido o no les han enseñado a ello en su infancia, o los modelos de relaciones a los que ha tenido acceso no han potenciado esta parte.

Todo esto aumenta las posibilidades de que puedan mantener relaciones tóxicas con otras personas en ambas direcciones:

  • Aceptando o tolerando cosas que no les hacen sentir bien, pero que no saben identificar o marcar límites, considerando incluso que relacionarse así es lo normal o habitual.
  • Adoptando conductas más de dominancia con la otra/otras personas y experimentando quizá celos, posesividad…

En definitiva, tener vivencias traumáticas en nuestra historia puede llevarnos a mantener relaciones de este tipo y afectarnos a diferentes niveles, proyectando gran parte de nuestras heridas emocionales en nuestras relaciones del presente y vinculándonos como resultado de los miedos o inseguridades que arrastramos. Así, la manera en la que nos criaron y, sobre todo, el vínculo que nuestros padres u otras figuras de cuidado generaron con nosotros cuando éramos niños, influirán de forma decisiva en quiénes seremos y en las relaciones que tendremos.

¿Existen conductas que pueden ayudarnos a identificar una relación tóxica?

Todos podemos tener comportamientos o conductas dañinas para otras personas y esto no necesariamente convierte nuestras relaciones en relaciones tóxicas, ya que eso implicaría que se dieran todo un conjunto de variables, y de un tipo muy concreto, de forma reiterada. Sin embargo, reflejaremos algunos elementos que nos pueden ayudar a identificar algunas conductas o comportamientos para, desde la responsabilidad afectiva con el otro y con nosotros mismos, poder modificarlos:

  • Dependencia excesiva: todos somos seres sociales y en este punto, es importante diferenciar entre “dependencia” e  “interdependencia”. Mientras que la interdependencia se define como una relación horizontal en la que ambos miembros se cuidan, y por tanto dependemos del otro de una manera sana (como seres sociales que somos), la dependencia emocional se caracteriza por sentir que necesitas constantemente de la otra persona, por ejemplo, a la hora de tomar decisiones, al disfrutar de tu tiempo libre o a la hora de gestionar y regular tus emociones por ti mismo. Muchas veces, en el fondo de este tipo de rasgo se encuentra una herida o trauma de apego que se traduce en el miedo profundo al abandono o el miedo a que las personas nos dejen de querer.
  • Actitud posesiva, control o celos: cuando alguno de los miembros de la relación o ambos expresan conductas posesivas o de control hacia el otro, ya sea de forma directa o sutil, y sobre todo cuando esto se da de forma constante y limitando la libertad del otro.
  • Existencia de miedo: si existe miedo a la hora de expresar una opinión, miedo a que el otro se enfade o miedo a no estar a la altura, esto también puede relacionarse en gran medida con traumas pasados.
  • Chantaje emocional: el chantaje emocional intenta controlar nuestro comportamiento o el comportamiento de otra persona y también puede darse de forma directa o indirecta. 

Lo importante, en cualquier caso, es no caer en culpas o etiquetas que estigmatizan, sino identificar ciertas conductas que podamos ir modificando y así mejorar nuestro bienestar emocional.

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En conclusión…

La realidad es que todos, en mayor o menor medida, tenemos heridas de infancia o cuestiones de apego que lógicamente influirán en las relaciones que mantenemos, ya sean relaciones de pareja, de amistad o de otro tipo. Pero la buena noticia es que, aunque ciertamente nuestro pasado condiciona nuestra posición vital, este no tienen porque determinar nuestro destino. Es decir, puedes desaprender y aprender otras formas de relacionarte, y construir relaciones sanas donde sientas tranquilidad y seguridad como base, y donde puedas resolver los conflictos o expresar lo que no te gusta de manera asertiva y sin miedo a las reacciones del otro. Y aunque no podemos cambiar nuestra historia, si podemos hacernos conscientes de la relación entre nuestro pasado y nuestras conductas presentes para poco a poco, poder crear vínculos y relaciones más sanas. 

Si identificas en tus relaciones o en ti mismo algún aspecto de los comentados en el artículo, no dudes en iniciar tu camino terapéutico junto a nosotros, podemos ayudarte. 

FUENTES:

Rojas-Marcos, L. (2014). La familia: de relaciones tóxicas a relaciones sanas. Grijalbo.
Salazar, J. A. A., Castro, D. P., Giraldo, L. A., & Martínez, L. M. (2013). Relaciones Tóxicas de pareja. Psicología. com, 16.

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