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El lenguaje de tu autoestima: el diálogo interno.

Tú determinas tu realidad, empezando por el modo en que te hablas y te tratas a ti mismo, lo cual condiciona en gran medida cómo te tratan los demás.

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Aprende con Combrensión

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ÍNDICE

Tu infancia es la base de la autoestima, ahí empiezas a hablar contigo mismo.

¿Eres consciente de cómo te hablas? ¿qué te dices cuándo cometes un error? ¿te das la enhorabuena por un trabajo bien realizado o logro conseguido? ¿Sabes lo que es la programación neurolingüística? El lenguaje interno, ese discurso íntimo que todos tenemos, es un reflejo de nuestras emociones y autoestima.

Sí, todos nos hablamos, todos tenemos un discurso dentro de nuestra cabeza constante que nos acompaña en nuestro día a día (cuando entras a clase, cuando sacas al perro, cuando te estás duchando…). Sin embargo, cuando estamos ante una pantalla (tele, móvil, ordenador…) normalmente ese discurso suele quedarse en pausa. Esto sucede porque estamos ocupando la mente con estímulos del exterior que taponan esos pensamientos. La tele, por ejemplo, nos proporciona imagen y sonido, por lo que si estamos atentos (o embobados en muchas ocasiones) viéndola, nuestro discurso interno no tiene cabida. 

Ahora, ¿qué pasa cuando intento leer un libro? ¿Y si me quiero concentrar para estudiar, pero mi mente no para de avasallarme con pensamientos, en muchas ocasiones, negativos? En este caso, tendremos que revisar nuestra capacidad de concentración y pensar qué está ocurriendo para que les preste tanta atención a esos pensamientos. Puede que haya algo que esté ocupando toda mi atención y que necesite ayuda para poder gestionarlo. Sí, incluso nuestro propio discurso es difícil de gestionar, y hay que pedir ayuda para regularlo.

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Tener un diálogo interno equilibrado es fundamental para una buena salud mental y una autoestima fuerte.

Pero ¿de dónde viene esta manera de relacionarme conmigo mismo? 

Pues de la primera infancia. De donde viene todo, vamos. La manera de relacionarme conmigo mismo es la clave para el autoconcepto (como me veo a mí mismo) y la autoestima (como me quiero a mí mismo). Ambos, por tanto, lenguaje interno y autoestima están muy relacionados. 

Cuando somos muy pequeños, empieza a generarse este discurso. Por un lado, se genera cuando la personita empieza a hablarse a sí misma para jugar, cuando crea esos escenarios con los juguetes, cuando realiza juego simbólico (a las mamás y los papás, a ser profesores/as del cole), etc.; comienza a generarse ese diálogo con uno mismo. Por otro lado, para realizar este juego simbólico, la personita toma ejemplo de su alrededor para imitarlo y jugar así a ser una persona u otra. 

Por lo tanto, nuestro entorno forma parte de la regulación de ese discurso. Una vez más, estamos a merced de las personas que nos crían. Si mi abuelo me cuida todas las tardes y, cada vez que voy a la cocina a por un vaso de agua corriendo (porque soy una niña pequeña) me dice “no corras que te vas a caer” o “no saltes que vas a tirar algo”, en mi lenguaje interno quedará la relación de que, si corro, me voy a caer; si salto, voy a tirar algo. Por lo tanto, de ahí en adelante, cada vez que corra tendré miedo de caerme, y cada vez que salte, tendré miedo a tirar algo. Además, me lo diré a mí misma (“corre con cuidado que te puedes caer”, “corre con cuidado que vas a tirar algo”). Así, se comienza a construir nuestra autoestima y autoconcepto y se generan los miedos e inseguridades en las personas. 

Esto nos afecta a todos y todas. Por lo tanto ¿qué hacemos?

Nos tenemos que reprogramar. Sí, has leído bien, como si de un ordenador se tratase. Pero claro, no es tan fácil. 

Vayamos por partes.

Existe una teoría que se llama Programación Neurolingüística (PNL) que trata de establecer maneras de poder reprogramar este discurso para llevar una vida más saludable, sana con nosotros mismos y, por lo tanto, con nuestra relación con los demás. Es decir, si me hablo bien, me quiero bien, y tengo una buena autoestima.

Consiste en establecer unas pautas de actuación, unos pasos, sistematizados para conseguir cualquier fin. Y estos pasos se expresan a través del lenguaje. 

Por ejemplo, quiero hacer más deporte. Identifico y establezco una serie de pasos y, con constancia y disciplina, si me los repito y ejecuto, puedo llegar a conseguir ese fin. Me reprogramo.

Parte de la base de que, si yo consigo modularme con el lenguaje, puedo conseguir ser muy efectivo en mi trabajo. La verdad es que, así pensado, todo parece muy fácil.

Sin embargo, esta teoría no tiene en cuenta nuestro gran motor, aquel que nos impulsa a actuar, a equivocarnos, a vivir: las emociones.

¿Cómo podemos incorporar las emociones a nuestra (re) programación lingüística?

Primero, hay que tener en cuenta que esto debería realizarse desde que somos pequeños. Sería más efectivo y nos ahorraría muchos momentos de ansiedad y malas gestiones de las situaciones. Pero, por desgracia, esto de momento no sucede. Así que aprendamos a reprogramarnos de mayores. No queda otra.

Ahora, de adultos tenemos que aprender a escucharnos, identificar qué frases nos hacen mal y generan malestar, cambiar esas frases, y así, cambiar las emociones. En definitiva, tenemos que aprender a querernos más y mejor. Bueno, suena superfácil, pero no lo es. 

Por lo tanto, el primer paso es: escucharnos e identificar. Parece lógico que el primer escalón a subir sea el de escucharnos. Al fin y al cabo, si estamos hablando con nosotros mismos, lo primero es saber qué nos decimos. Luego, cuando ya nos escuchemos, tenemos que atender a qué estoy sintiendo. Si esto lo conseguimos hacer, si conseguimos llegar a la identificación emocional, tendremos mucho conseguido para conseguir una autoestima sana. 

Pongamos un ejemplo:

Estoy en clase, sentado, esperando a que el profesor reparta los exámenes. Yo ya venía nerviosa de casa. Sin embargo, desde que ha entrado el profesor en clase estoy peor. Empiezo a temblar, me sudan las manos, respiro con dificultad, siento mi cara muy seria, triste, preocupada.

Paremos un momento. 

Si analizamos la situación desde fuera sabemos que estoy sufriendo ansiedad. Sin embargo, cuando estás dentro, no te das cuenta y no sabes pararlo. Por lo tanto, habría que detenerse un momento y pensar qué discurso estoy generando en mi cabeza, es decir, qué me estoy diciendo para poder cambiarlo y así, tranquilizarme. 

Seguramente, en ese momento que estoy sufriendo ansiedad ante un examen, estoy pensando cosas como: “no me lo sé bien”, “no me va a dar tiempo”, “seguro que es difícil”, “no me va a salir bien”, “soy tonto”, etc. 

Claro, obviamente las emociones asociadas a ese discurso no serán agradables. Al final, me estoy provocando esa ansiedad. Sí, los nervios son buenos y normales, pero llegar a ese extremo nos puede pasar factura, sobre todo para nuestra autoestima.

Entonces, identifico esas frases, paro, respiro, me digo cosas más tranquilizadoras (realizo programación neurolingüística). Y, mi ansiedad irá mejorando. Esas frases tranquilizadoras pueden ser algo así como: “he estudiado, irá bien”, “respiro hondo y me relajo”, incluso puedo contar hasta 5 mientras respiro para así ocupar la mente y relajarme con más facilidad.

La combinación perfecta para llevar a cabo la programación neurolingüística es la siguiente: meditar e ir a terapia. Con la meditación (mindfulness especialmente) conseguimos calmar ese discurso interno que nos atormenta y nos ayuda a salir de él. Con la terapia, la ayuda de una especialista, nos ayuda a gestionar ese discurso y  nos enseña cómo modular las emociones derivadas de él. 

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